¿Qué te detiene? Miedo al fracaso

Autor Robert Kelsey

Robert Kelsey ha trabajado como banquero en la City londinense y como periodista de asuntos financieros antes de crear su propia empresa. Se considera un experto en fracasos, que ha sabido sobrellevar gracias a convertirse en un experto en conocer sus propias limitaciones, aceptarse a sí mismo y saber actuar para cambiar y mejorar todo lo posible.

Con las siguientes líneas pretende ofrecer ayuda a los que se vean paralizados por el miedo al fracaso. Les brinda una manera de avanzar con consejos para enfrentarse a los temores que les asaltan en cada etapa de sus vidas, y explica por qué y cómo podemos pensar y actuar de una manera diferente con el fin de alcanzar un resultado mejor.

El miedo a fracasar cambia nuestra conducta de tal manera que convierte este fracaso casi en una certeza, en una profecía autocumplida. El miedo paraliza nuestra toma de decisiones, trastoca nuestro buen juicio y destruye nuestra creatividad. Las malas noticias son que los trastornos como el miedo al fracaso o la autoestima baja son innatos.

El éxito no tiene que ver con ser ambiciosos. Lo que separa a los ganadores de los perdedores es cómo se enfrentan al fracaso. La capacidad de caerse de bruces sin que esto socave el deseo de seguir intentándolo es la cualidad más importante que poseen esas personas.

 

Primera parte: ¿Qué te detiene?

 Miedo. El miedo puede iniciarse en nuestra infancia y crecer con nosotros hasta convertirse en una fobia incontrolable que puede paralizarnos mentalmente. También puede alcanzarnos en varias etapas de nuestra profesión, incluso cuando parece que estamos fuera de su alcance o cuando hemos forjado una confianza sólida en un campo en particular.

Escucha la conclusión que obtuvo John W. Atkinson con su trabajo sobre “motivación para el éxito” ante la posibilidad de fracasar.

El fracaso como experiencia positiva. El fracaso puede ser una experiencia positiva si es así como decidimos verlo. Si lo vemos como un hito o lección en el camino al éxito, eso es lo que será. Si, por el contrario, lo vemos como una condena total y definitiva de nuestro carácter, ese será el resultado.

Pero en modo alguno hay que entenderlo como una condena definitiva y fatal de las personas, sino solo del proyecto en sí mismo. Las personas involucradas empiezan de nuevo, un poco magulladas, un poco más sabias, pero ciertamente no son condenadas para siempre.

Si pudiéramos ver el fracaso individual de esta manera, quizá podríamos reducir su aplastante enormidad y su carácter irrevocable. Aunque no eliminemos el dolor, seguramente podremos disminuir el grado en que un revés o una serie de reveses confirman nuestra mala opinión de nosotros mismos. Y es que, en la vida, no hay fracasos: solo hay resultados. Si el resultado no era el que queríamos, deberíamos aprender de la experiencia y tomar decisiones mejores en el futuro.

Son «un» resultado, pero no “el” resultado. De hecho, es probable que sigan siendo un buen resultado cuando aprendamos la lección, reagrupemos nuestras fuerzas y lo hagamos de nuevo con una mayor sabiduría.

Segunda parte: Metas

Actuar. Nuestros propios actos son un factor clave para hacer progresos. No tenemos que esperar a que llegue el caballero de la brillante armadura. Nosotros somos ese caballero. Ser capaces de actuar sobre nosotros mismos significa que no actúan por nosotros. Lo que importa es lo que hacemos nosotros, no lo que hace algún ser superior, «salvador», maestro, jefe o amigo. Tomar la iniciativa es, por lo tanto, un salto de gigante hacia la motivación para el triunfo.

Dinámica hacia una apropiada fijación de metas. Fijarnos metas por medio de la visualización es el primer paso para convertir nuestro futuro en realidad. Según Brian Tracy, nuestros valores nos definen y generan la siguiente dinámica hacia una fijación de metas apropiada:

  • Primero descubrimos nuestros valores.
  • Luego determinamos lo que creemos partiendo de esos valores.
  • Derivamos nuestra actitud partiendo de lo que creemos.
  • Llegamos a nuestras expectativas desde nuestras actitudes.
  • Finalmente, fijamos nuestros actos partiendo de nuestras expectativas.

Si invertimos esta cadena, es fácil ver dónde se tuercen las cosas para los que tienen un gran miedo al fracaso. Nuestras expectativas de fracaso hacen que nos fijemos metas inapropiadas porque estamos convencidos de que somos incapaces de lograr nada. Esta incapacidad se deriva de nuestros valores, que incluyen centrarnos más en no perder la cara que en lograr algo.

Una vez que hayamos fijado nuestras metas, podemos realizar ejercicios que nos ayudarán a estar seguros de que seguimos en el camino acertado. Paul J. Meyer, el conocido gurú del éxito, recomienda el ejercicio nemotécnico SMART para evaluar nuestra fijación de metas. Según Meyer,nuestros objetivos deben ser los siguientes:

  • Specific, específicos. No «perder peso», por ejemplo, sino «perder 5 kilos».
  • Measurables, medibles. «Haber perdido 5 kilos para junio».
  • Achievable, alcanzables, dentro de los límites de lo posible. No «viajar a Marte», por ejemplo.
  • Realistic, realistas (hacer media maratón este año y dejar la maratón completa para el año que viene puede que sea más realista).
  • Timed, con una fecha fija («junio»).

Tercera parte: Ejecución

Estrategia y tácticas. Una vez fijados los objetivos, tenemos que pasar a la siguiente etapa: establecer nuestra estrategia para su ejecución. La estrategia es un puente entre nuestras metas y nuestras acciones concretas (tácticas) para alcanzarlos que garantiza que nos centremos en el cumplimiento de los objetivos.

En tanto que puente entre los objetivos y las tácticas ejecutables, la estrategia es, en consecuencia, vital. Debemos elaborar nuestra estrategia a la medida de nuestras virtudes y nuestros defectos, previamente evaluados. Un método útil es un análisis DAFO (fuerzas, debilidades, oportunidades, amenazas).

El momento de «saltar del avión». Con nuestra estrategia decidida, podemos avanzar hacia una ejecución táctica: lanzarnos al ataque de la playa X, el mes Y. Investigar el mercado para que la organización acertada funcione es una táctica, una solicitud de trabajo es una táctica, desarrollar una base de contactos en un sector dado es una táctica. Las tácticas son nuestras acciones inmediatas dirigidas a alcanzar nuestras metas, con frecuencia agrupadas bajo diversos títulos como forja de relaciones, adquisición de aptitudes o investigación. Para quienes tienen mucho miedo al fracaso, es el equivalente a saltar del avión en paracaídas, y el terror de ese momento es difícil de eliminar.

Aquí la preparación debe ser nuestro mejor aliado. Nos permitirá actuar, sobre todo porque, al desarrollar nuestra estrategia, los siguientes pasos deberían parecer lógicos, incluso evidentes. Un importante principio aquí es que debemos hacer lo que nos parece el siguiente paso más lógico.

Cuarta parte: Las personas

La autoestima. Podemos elaborar estrategias y ejecutar tácticas que nos gusten a todos. Antes o después, tendremos que enfrentarnos a personas. Según Brian Tracy, un 85 % de nuestro éxito en la vida se verá determinado por nuestras aptitudes sociales, por nuestra capacidad para relacionarnos positiva y eficazmente con otros y lograr que cooperen con nosotros para que alcancemos nuestros objetivos.

Al margen de lo bien que hayamos preparado nuestra estrategia para cumplir nuestros objetivos, si no mejoramos nuestro don de gentes no lograremos progresar en la vida. Al perseguir nuestras metas no podemos evitar a los demás. En muchos sentidos, los demás son la meta tanto como el medio para alcanzarla.

Hay una relación directa entre nuestra capacidad de llevarnos bien con los demás y la autoestima. Cuanto más nos consideremos una persona de valía, digna de interés, más pensaremos que los demás también son personas de valía, dignas de interés. Cuanto más nos aceptemos tal como somos, más aceptaremos a los demás tal como son. Esto tendrá un efecto directo en nuestra capacidad para utilizar el poder de los demás a fin de alcanzar nuestras metas.

 

Cómo reconstruir la baja autoestima. Los problemas de autoestima pueden tener un efecto profundo en nuestra capacidad para avanzar en el trabajo. Podemos vernos obstaculizados por nuestras opiniones y percepciones internas hasta el punto de desarrollar mecanismos de imitación para evitar el sufrimiento; por ejemplo, rechazándonos a nosotros mismos antes que permitir que otros lo hagan. Quizá no nos presentemos a una promoción, convenciéndonos de que sería un paso desacertado. O adoptamos el papel del payaso de la oficina, o del «buen tipo» nada amenazador, que está más feliz entre la tropa que entre los oficiales. Y evitamos los enfrentamientos porque no confiamos en nuestras respuestas, internas o externas.

Nuestra posición por defecto es socavar nuestra confianza en nosotros mismos y así alentar el fracaso. Sin embargo, podemos dar pasos pequeños y progresivos que nos ayuden a crear mejores respuestas externas, en especial en cuanto a tratar con los demás.

En Eleve su autoestima, John Caunt nos propone que practiquemos técnicas que redefinen la información con que alimentamos nuestro cerebro, ayudándonos a crear unas actitudes y opiniones más positivas. Con el tiempo y dando pasos positivos y fortalecedores, podremos subir nuestra autoestima. Entre ellos están los siguientes:

  • Reconocer nuestras cualidades positivas.
  • Hablar con nosotros mismos positivamente.
  • Cuestionar nuestras ideas y opiniones.
  • Relacionarnos con personas positivas.
  • Reconocer nuestros logros.
  • Aceptar lo que no podemos cambiar.
  • Cultivar la confianza en nosotros mismos.
  • Dejar de compararnos con los demás.
  • Aprender a reírnos de nosotros mismos.

Aprender a decir “NO” también es una técnica que repercute en nuestra autoestima. No deberíamos ser alguien que complace a los demás solo porque buscamos su aprobación. Todos nuestros actos deberían juzgarse respecto a nuestras metas a largo plazo y a la estrategia que hemos decidido, aunque conservar a otros a nuestro lado siempre será útil mientras persigamos nuestros objetivos.

 

¿Qué debemos buscar los que tenemos miedo al fracaso, especialmente una vez que hayamos dominado o, al menos, entendido nuestras emociones, fijado objetivos a largo plazo y establecido un plan para alcanzarlos? Según Stephen Covey, el autor de El 8.º hábito, «la elección de servir se convierte en la costumbre más inteligente de todas. Podría darse el caso de que el rasgo más debilitador de quien teme fracasar sea su obsesión consigo mismo. Y que la baza más eficaz en contra sea su opuesto: el interés por el otro”.

Ayudar a otros a alcanzar sus metas, en lugar de convertirnos en unos bienhechores de tres al cuarto, excesivamente ejemplares, puede ser la herramienta más poderosa y liberadora de quienes temen fracasar.

Gracias a la colaboración de los

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